La inflamación crónica como gran problema en la sociedad actual y la efectividad del ejercicio como antiinflamatorio

La inflamación crónica como una anormalidad inmunológica y la efectividad del ejercicio.

Katsuhiko Suzuki (2019). Chronic Inflammation as an Immunological Abnormality and Effectiveness of Exercise. Biomoléculas.

Resumen

La inactividad física, junto con una alimentación inadecuada, lleva a la población a adoptar estilos de vida sedentarios que pueden terminar desarrollando enfermedades como el síndrome metabólico u otras de tipo  degenerativas.

Entendemos la inflamación crónica como una condición patológica en la que las células inflamatorias, como los neutrófilos o los macrófagos se infiltran dentro del tejido adiposo cuando las personas empiezan a desarrollar obesidad como consecuencia de unos bajos niveles de actividad física y/o una alimentación inadecuada. Los mediadores pro-inflamatorios, como algunas citoquinas, liberadas en exceso por las células inflamatorias, lideran una serie de respuestas que pueden conducir a la ateroesclerosis, sarcopenia, osteoporosis, resistencia a la insulina, enfermedades neurodegenerativas… En estos casos, el ejercicio ha resultado ser un vía eficaz y fundamental para prevenir estas patologías

El sistema inmunitario y la inflamación crónica por la inactividad física.

El sistema inmunitario hace referencia a un mecanismo de defensa del cuerpo para mantener un estado de homeostasis. Una deficiencia en el funcionamiento de este sistema hace que el cuerpo se vuelva más susceptible de infectarse por agentes extraños. Por otro lado, un exceso de funcionamiento de este sistema desemboca en las alergias o en enfermedades autoinmunes. Por lo tanto, tanto un exceso como una deficiencia en el funcionamiento de este sistema, rompe el estado de equilibrio del cuerpo.

La respuesta inmune es iniciada por los PRRs (receptores de reconocimiento patógeno) que detectan PAMPs (virus, bacterias…) y DAMPs (reconocimiento de patrones asociados al peligro).

Cuando estos receptores, que se encuentran ligados a células como los macrófagos, detectan estas señales, lideran una serie de procesos pro-inflamatorios, empezando por la liberación de citoquinas inflamatorios como la interleucina 1 o el factor de necrosis tumoral alfa (TNF).

Esta inflamación aguda que se da para hacer frente a agentes extraños, es fundamental para el desarrollo de la vida. El problema aparece cuando esta inflamación se vuelve mantenida en el tiempo y se torna crónica, manteniendo en el tiempo la liberación de estas citoquinas pro-inflamatorias y la introducción de macrófagos en el tejido, pudiendo desencadenar enfermedades como las mencionadas al principio.

En el caso de las personas con obesidad, el problema surge porque algunos de estos receptores como el TRL4, detectan a los ácidos grasos libres como posibles agentes patógenos, induciendo una respuesta inflamatoria crónica, aumentado la introducción de macrófagos dentro del tejido. Esto viene a decir que un exceso de tejido adiposo se convierte un sitio de producción prolongado de citoquinas y células inflamatorias, como si de una infección se tratase.

El ejercicio y sus efectos antiinflamatorios .

No obstante, estas patologías derivadas de la inflamación crónica se pueden prevenir a través del ejercicio. En un estudio de Kawanishi y colaboradores (2015) se vio como el ejercicio atenuaba la infiltración de neutrófilos, monocitos y macrófagos al tejido adiposo y se reducía la expresión de la proteina quimiotáctica de los monocitos, que se encarga del reclutamiento y migración de leucocitos hacia el tejido, quedando corroborado el efecto anti-inflamatorio del ejercicio, al suprimir el reclutamiento de estos mediadores inflamatorios.

En un estudio de Takahashi y colaboradores, vieron que en población anciana bastaban 100 minutos de caminata a la semana para reducir los marcadores de la activación de neutrófilos y el estrés oxidativo, relacionados con la inflamación crónica. Además, el ejercicio induce cambios en los tipos de macrófagos del tejido adiposo, pasando de macrófagos “M1”, pro-inflamatorios, a macrófagos “M2”, anti-inflamatorios.

Por otro lado, también tenemos que resaltar la importancia de la interleucina 6, una mioquina secretada por el músculo, como respuesta a una demanda de energía, ocasionada por el ejercicio aeróbico, similar a las hormonas del estrés. Esta “IL6”, que puede actuar como –pro ó –anti inflamatoria, cuando es liberada como consecuencia del ejercicio, tiene un efecto anti-inflamatorio, estimula la lipólisis y posterior oxidación de los ácidos grasos libres.

Como una conclusión breve pero muy concisa a lo comentado, se puede decir que el ejercicio, aumenta el consumo de energía a la vez que reduce las posibilidades de sufrir diabetes, obesidad, hipertensión, dislipidemia, problemas de isquemia de corazón, problemas cerebrovasculares, cáncer, sarcopenia, osteoporosis y otras enfermedades neurodegenerativas.

 



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